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Adolescencia

Adolescencia y adicciones

8 de septiembre de 2026

Irene Delgado Psicóloga General Sanitaria · Colegiada AO-10272

A menudo me preguntan qué hacer con una hija o un hijo que parece tener una relación problemática con el móvil, cómo darse cuenta de que está consumiendo alguna sustancia o cómo prevenir que esto llegue a ocurrir.

Pues bien, no os voy a mentir: no existe una fórmula mágica.

La adolescencia: un cerebro en construcción

La adolescencia es una etapa del desarrollo que abarca varios años y que muchas familias califican como una etapa «difícil».

Seguimos hablando de personas con un cerebro en desarrollo, a menudo de forma asincrónica. Durante estos años, las personas adolescentes quieren tomar el control de su vida y, muchas veces, lo hacen echando un pulso a sus figuras parentales.

Sin embargo, hay algo que conviene recordar: ese pulso no consiste en ganar una batalla contra ellas, sino en aprender a acompañarlas mientras construyen su propia autonomía.

Eso no significa tirar la toalla. Al contrario.

Las personas adolescentes siguen necesitando a sus familias, aunque muchas veces ni ellas mismas sepan exactamente para qué. Por eso son tan importantes la comunicación, la confianza y la paciencia.

Durante estos años, el cerebro está realizando uno de los trabajos más importantes de toda nuestra vida: está transformando un cerebro infantil en un cerebro adulto que deberá acompañarnos durante décadas.

Es un proceso extraordinariamente complejo y delicado.

¿Por qué las sustancias son especialmente peligrosas?

En la adolescencia todavía tenemos un cerebro en desarrollo. La manera en la que vivimos, aprendemos y nos relacionamos va moldeando los circuitos neuronales que se fortalecen y aquellos que desaparecen mediante un proceso conocido como poda neuronal.

Dicho de una forma sencilla: el cerebro elimina conexiones que ya no necesita y consolida aquellas que resultarán más útiles en la vida adulta.

Por eso el consumo de sustancias durante esta etapa merece especial atención. Incorporar sustancias con efectos nocivos puede interferir en ese proceso de desarrollo cerebral y aumentar la vulnerabilidad de determinados circuitos.

Suelo utilizar un ejemplo muy sencillo para explicarlo:

Si jamás le darías un vaso de cerveza a un bebé porque su cerebro no está preparado, tampoco deberíamos normalizar que lo haga una persona adolescente cuyo cerebro todavía está desarrollándose.

No es exactamente la misma situación, pero ayuda a comprender una idea importante: la edad importa porque el cerebro también tiene sus tiempos.

Algunos trastornos del neurodesarrollo y determinadas enfermedades mentales graves se relacionan con alteraciones en la maduración de los circuitos cerebrales. Además, el consumo de sustancias puede aumentar la vulnerabilidad en personas que ya presentan determinados factores de riesgo.

Por eso hablar de prevención no consiste únicamente en hablar de drogas.

Ser adolescente también es pertenecer

Si pensamos en una persona adolescente, no podemos fijarnos únicamente en su cerebro.

También debemos entender que está viviendo una etapa marcada por la necesidad de ser aceptada por su grupo, por una mayor intensidad emocional, por los primeros enamoramientos y por un deseo constante de ser reconocida como una persona cada vez más adulta.

Vivimos además en una sociedad bastante adultocentrista, donde muchas veces las opiniones, emociones y necesidades de niñas, niños y adolescentes se toman menos en serio de lo que deberían.

Esto puede hacer que algunas personas adolescentes busquen demostrar continuamente que son «maduras para su edad».

Por ejemplo, podemos encontrarnos con adolescentes muy jóvenes que deciden dejar de estudiar para trabajar porque consideran que así serán vistas como personas responsables y pertenecientes al mundo adulto.

Detrás de muchas de estas decisiones no siempre hay rebeldía. A veces hay una profunda necesidad de reconocimiento.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la adicción?

Cuando hablamos de comportamiento adictivo solemos pensar únicamente en sustancias, pero las adicciones pueden tener muchas formas.

Una manera de entenderlas es pensar que, en muchas ocasiones, el comportamiento adictivo funciona como una forma de evitar o escapar de una experiencia interna que resulta incómoda.

Por ejemplo, cuando una persona adolescente pasa horas conectada al móvil quizá no esté utilizando simplemente una pantalla: puede estar evitando el aburrimiento, la soledad, la ansiedad o cualquier otra experiencia que le resulte difícil sostener.

Además, estar conectado tiene un enorme valor social.

Hoy incluso hablamos del FOMO (Fear Of Missing Out), ese miedo constante a perderse algo importante si no estamos conectados a las redes sociales.

Y cuando hablamos de sustancias, las más frecuentes en edades tempranas suelen ser el alcohol y el cannabis con THC. Muchas veces se consumen con mensajes aparentemente inocentes como «quiero pensar menos», «solo quiero relajarme», «me ayuda a dormir» o simplemente «quiero pasar un rato chill».

Sin embargo, además de esa función de evitar determinadas emociones o pensamientos, estas sustancias activan el llamado circuito de recompensa del cerebro.

Cuando un comportamiento produce una sensación agradable o de alivio, nuestro cerebro aprende que merece la pena repetirlo.

Y ahí aparece una de las claves para comprender la adicción:

Es aquello que me ayuda a estar menos presente en lo que siento y, además, resulta reforzante para mi cerebro.

Entonces… ¿cómo prevenimos?

Después de entender todo esto, ¿crees que la prevención tiene una única respuesta?

Probablemente no.

Por eso resulta tan difícil responder a las familias que buscan una solución concreta para evitar que su hija, hijo o adolescente consuma sustancias o desarrolle una conducta adictiva.

La prevención exige mucho más que poner normas.

Exige una apertura por parte de las personas adultas hacia una crianza respetuosa también durante la adolescencia. Exige conocer las normas sociales en las que se desenvuelven las personas adolescentes, interesarnos por su realidad y estar disponibles para sostener y acompañar.

Porque, aunque a veces parezca lo contrario, son ellas quienes están atravesando una etapa profundamente compleja.

Si no estás conectado con tu adolescente, poco a poco corres el riesgo de perder la oportunidad de acompañarlo.

Las personas adultas también educamos con nuestro ejemplo

El comportamiento adictivo muchas veces también tiene relación con la manera en que aprendemos a regular nuestras emociones.

Las criaturas observan constantemente cómo afrontamos el estrés, la frustración, la tristeza o los conflictos. En ocasiones copiarán esos estilos de afrontamiento; en otras, simplemente irán probando diferentes estrategias para descubrir qué les funciona.

Cuando una persona no encuentra herramientas para afrontar aquello que le duele o le supera, la evitación puede convertirse en una salida aparentemente eficaz.

Por eso las personas adultas tenemos una responsabilidad importante.

No podemos evitar todos los riesgos de la adolescencia, pero sí podemos convertirnos en modelos de regulación emocional y en un lugar seguro al que volver cuando las cosas se compliquen.

Y quizá esa sea una de las formas más valiosas de prevención.